San Miguel de Tucumán amaneció el 24 de septiembre de 1812 con la certeza de que ese día se jugaba algo más que una batalla local. Manuel Belgrano, al frente del Ejército del Norte, había desobedecido la orden del Triunvirato de replegarse hasta Córdoba: prefirió quedarse en la ciudad y aceptar el pedido de sus vecinos, que le ofrecieron hombres, armamento y ganado para sostener la contienda.
Frente a él, las tropas realistas de Pío Tristán, mejor equipadas y más numerosas. La victoria en el Campo de las Carreras, lejos de ser un episodio menor de la guerra de la independencia, salvó a la Revolución de Mayo de un desenlace que hoy sería difícil de imaginar. Sin el triunfo en tierras tucumanas, probablemente no habría existido después la victoria de Salta, ni se habría allanado el terreno político y militar que permitió, cuatro años más tarde, que un Congreso se reuniera precisamente en esta ciudad para declarar la independencia.
No parece casual que los congresales eligieran San Miguel de Tucumán, y no otra ciudad, para sesionar en 1816: la provincia había ganado ese lugar en el reconocimiento colectivo cuatro años antes, con sangre y con sacrificio; definitivamente no por comodidad geográfica.
Los historiadores tucumanos que han revisado el episodio muchas veces y con rigurosidad coinciden en algo que la efeméride escolar no siempre logra transmitir: la Batalla de Tucumán no fue solo un triunfo militar, sino un acto colectivo. La provincia entera se volcó al esfuerzo bélico, y esa entrega tuvo protagonistas que la historia oficial tardó en reconocer. Verbigracia: Juana Moro, Magdalena “Macacha” Güemes de Tejada y María Remedios del Valle. Esta tríada forma parte de una lista de mujeres cuyo papel en la gesta fue, durante generaciones, reducido a una nota al pie, en el mejor de los casos. Pero ese mismo patrón de invisibilización alcanzó a la batalla en su conjunto. A diferencia de lo ocurrido en Salta, donde un monumento nacional recuerda desde comienzos del siglo XX la victoria de 1813, Tucumán no cuenta con un memorial de escala equivalente para el Campo de las Carreras, pese a que esa victoria permitió, después, consolidar el triunfo salteño. La desproporción no es un detalle administrativo: revela cómo una ciudad puede honrar a un prócer con una plaza y una estatua, pero sin terminar de asumir públicamente lo que aquel 24 de Septiembre significó para el destino de lo que luego sería un país.
Tucumán tiene, en rigor, dos fechas patrias de primer orden. El 9 de Julio concentra la solemnidad institucional del Congreso y la declaración de la independencia; el 24 de septiembre debería concentrar, con la misma intensidad, la conciencia de que sin esa victoria no habría existido Congreso. Cada aniversario es una oportunidad para correr esta fecha del casillero secundario donde suele quedar relegada, y concederle, de una vez por todas, el lugar que le corresponde: no como preludio decorativo de la independencia, sino como su condición de posibilidad.